lunes

ULURU

Era un atardecer cuando Allunga, un niño inquieto, soñador y curioso, decidió hacer caso omiso de los sabios de la tribu para adentrase en la Montaña sagrada de Uluru. Conforme iba acercándose, el color del Monte iba cambiando de color… ¡era maravilloso!


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Con la sonrisa dibujada en el rostro llegó al pie de la Montaña y fue, justo allí, entre los susurros del viento ordenándole que se detuviese, cuando empezó a sentir frío en los pies. Su cuerpo quedó paralizado, sin poder evitar el tambaleo provocado por el fuerte viento. ¿Que estaba sucediendo? Tal vez había sido irrespetuoso al querer irrumpir en Uluru…
De repente todo se paró. El viento dejó de soplar con fuerza, su cuerpo dejó de sentir esa gran pesadez, y sus pies empezaron a percibir el calor de la tierra. La Montaña adquirió un color violeta, rojizo, azul. Y se escuchó una voz que le dijo “No temas, no tengas miedo”.
Allunga buscó con la mirada el origen de donde surgía el rumor, pero al no obtener resultado, empezó a sentirse inquieto. Entonces la frase se repitió y empezó a temblar el suelo. El niño perdió estabilidad y sin darse cuenta, empezó a elevarse encima de una gran cabeza de tortuga.
Una vez consciente de que sus pies no tocaban el suelo, miró hacia abajo y se dio cuenta de su separación con la tierra.  Entonces ese gran animal empezó a reír:
-          “jajajajaja, niño de buen corazón, ¡tranquilízate, tan sólo soy una vieja tortuga!”
-          “ pero no eras una montaña?” dijo Allunga desconcertado.
-           “A ojos de los demás sí… pero tú estás viendo mi esencia. No es casualidad que tu curiosidad te haya hecho venir hasta a mi”- respondió la Tortuga.

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El niño estaba tan perplejo que dijo:

- “¡está todo muy oscuro!”
- “¿Oscuro?- replicó el gran animal- “Mira hacia arriba y dime, ¿qué ves?”
Allunga desconcertado dijo tímidamente: - “Todo es negro… es de noche…”
-“¿negro? ¿Todo?...mmm… interesante…” Murmuró el galápago. - “toda oscuridad tiene su punto de luz”-señaló- “que en realidad, según lo lejos que creas que estás de ella, la verás más grande o más pequeña… el cielo deja de ser sombrío si te acercas a ella”.
Entonces, el niño sin encontrar sentido a lo que la montaña Tortuga le estaba diciendo replicó -“¡pero si está muy lejos!”
 La Tortuga se echó a reír, y advirtiéndole que se cogiera fuerte, empezó a estirar el cuello hasta acercarse a una estrella. Allunga cegado por la gran luz, entrecerró los ojos, mientras intentaba entender lo que sucedía.
- “¿cómo te sientes?”- preguntó la tortuga. Entonces el niño, pudo ir abriendo los ojos despacio y con la primera exhalación consciente sintió un gran alivio.
-“cada vez me siento más ligero, aliviado… no siento miedo… disfruto de la calidez que me transmite, pues no me quema a pesar de su inmensidad e intensidad… ¿Cómo puede ser que dicho sentimiento sea de tal bienestar?”.
 Entonces la tortuga le señaló: -“¡Fíjate!”- Y Allunga empezó a ver dentro de la estrella pequeña chispas que empezaban a coger forma, armónicos movimientos y sonrisas desdibujadas que invitaban a hacer lo mismo. Del silencio surgía una melodía hipnótica que incitaba a extender las manos para recibir entre los dedos la luz de esa mágica experiencia.


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El Galápago le dijo: -“¿Encuentras la oscuridad?”- “¿oscuridad?”-contestó perplejo el niño,-“¡Nooo! Aquí no existe, todo es luz!”- con lo que la Tortuga cuestionó –“¿Estás seguro?” -“¡SI!” afirmó rotundamente Allunga. Entonces el animal menguó su cuello. Allunga aún tenía en su mano esas chispas divinas, armónicas y mágicas. Cuando se dio cuenta preguntó: “¿Que ha pasado?” –“Cuéntamelo tú”- sonrió la Tortuga.
Allunga se quedó en silencio. Miró a su alrededor y elevó su mirada hacia el cielo. Ya no tuvo la sensación del principio. Ahora cuando contemplaba la estrella, su sentir, su emoción, su todo, estaba conectado a ella. No le parecía que su alrededor fuera negro, el vacío del principio había desaparecido. Entre él y la estrella no había el intermediario de la oscuridad aunque estuviese presente. La conexión con la estrella era directa.

Sonrió y cerró los ojos. Empezó a sentir la calidez de todo lo que le rodeaba. El sol empezaba a salir tímidamente y el caparazón ya era naranja. Al abrir los ojos, Allunga se encontró frente la montaña, inmóvil. La Tortuga había desaparecido, y parecía que volvía a estar solo. Aunque él no lo sintió así. Hizo reverencia y dio las gracias por dicha enseñanza. Cuando la montaña se tornó amarilla, el niño corrió hacia su poblado mientras escuchaba: ¡Hasta pronto Dios del Sol! 

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